Salto al vacío

Sucedió una tarde de sábado en la que el cielo era invadido por nubes blancas y grises que se movían al capricho del viento del norte. Sobre la cómoda que había en la habitación que Eli había alquilado en un hostal, encontró una máquina de escribir con un folio de color azul dispuesto en el rodillo. Junto a la máquina, varios folios de colores y una nota escrita a mano en un trozo de cartulina blanca: “Escriba aquí un mensaje para la siguiente persona que llegue a esta habitación”.

Eli leyó la frase que estaba escrita en el folio: “Nunca dejes de mirar la vida como cuando eras niña”.

Eli repitió la frase en voz alta.

—Nunca dejes de mirar la vida como cuando eras niña.

“¿Sería eso?, ¿he dejado de mirar la vida como cuando era niña?”, pensó.

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—Necesito irme unos días sola. — Le había dicho el miércoles a Alfonso, su marido.

—Necesito irme unos días sola. Ya no veo el mundo con ilusión, ¿sabes? —le había explicado.

Y Alfonso lo había comprendido. Él también había pasado por algo similar unos años atrás y allí había estado Eli, apoyándole de manera incondicional. Se lo debía y, además, quería hacerlo. Quería darle espacio y un empujón.

—De acuerdo. Hace tiempo que te veo así. Y no seré yo quien te prive de recuperar la ilusión y la alegría. Si crees que sola estarás mejor, lo respeto — Le había respondido él, sin ironía ni resquemor.

Y así fue como por unos días dejó atrás su casa, su marido y también la Eli atrapada en la cárcel del miedo a cambiar. “Me he acostumbrado a trabajar en un sitio que no me gusta, a abandonar mis sueños porque me da miedo equivocarme y temo que si cambio algo, sea para meterme en Guata-peor. Y mientras tanto, el tiempo pasa y nada cambia, quejándome, amargándome, muriendo por dentro”, le había dicho Eli a Alfonso cuando se despedían.

—Adelante, solo hay una vida y merece que la disfrutes —dijo Alfonso al despedirse— Decidas lo que decidas, yo te apoyaré.

El cambio de aires le había venido bien. Había cambiado las vistas de la ciudad por el verde de las montañas. Eli había paseado por el pueblo durante la mañana del sábado y por la tarde, después de comer, se sentó en uno de los bancos que había en la plaza. Miró a su alrededor. Las terrazas de los bares que rodeaban la plaza estaban llenas a rebosar. Unos niños jugaban frente a ella, junto a un árbol, ajenos a lo que otros opinaran sobre su juego. Parecían tan entretenidos en pasárselo bien que no tenían en cuenta si lo que hacían era peligroso, indebido o contrario a lo que se esperaba de ellos. “¡Salta!” le gritaban los niños a uno de ellos que se había subido a un bloque de cemento de un metro de alto. “¡Salta!”, corearon y el niño no lo dudó. Saltó sin dudar. Y obviamente, no sucedió nada malo. Sino que todos los niños rieron y gritaron muy felices.

A Eli le vino a la memoria la frase que había leído en la habitación. “¿En qué momento dejé de mirar la vida con mis ojos de niña?, ¿es posible recuperar esa mirada?”, pensó. Sacó una libreta de su bolso y decidió escribir una lista de todas aquellas cosas que le hacían ilusión cuando era niña. Tal vez una buena manera de empezar a “animarse” era recuperar la Eli niña.

1.- Bailar sola en la habitación de casa.

2.- Comer un sandwich con Nocilla.

3.- Caminar descalza por la hierba recién mojada por la lluvia

4.- Escribir cartas a mis amigas.

5.- Recibir cartas de mis amigas.

6.-Saltar sin miedo a caer.

7……….

Y así hasta una lista de dieciocho actividades o ilusiones olvidadas. Releyó la lista y se dio cuenta de que había sonreído durante todo el rato que había durado la redacción del listado. “Algo bueno traerá esto si me hace sonreir”, dijo.

Se acabó dejar que la vida se quedara, como el vino que solo se saborea, en los labios; sino que iba a dar un trago y dejar que aquel líquido lleno de vida penetrara con fuerza en la boca, siguiera su curso por la garganta y viajara alegrando todos los órganos que encontrase a su paso hasta desembocar en el estómago. Y para todo eso sucediera, iba a tener que dar dejar un trabajo que no le gustaba y que estaba bloqueando a todo lo bueno que le daba la vida. “Si no lo dejo ahora, dentro de un mes volveré a sentirme igual y me arrepentiré”.

Decidió que era el momento de regresar al hostal. De repente, se le había ocurrido un mensaje para escribir al siguiente huésped. “Yo decido. Yo puedo cambiar mi realidad. Yo puedo saltar al vacío”, se dijo en voz alta.

Una vez en la habitación, se sentó frente a la máquina y sus manos escribieron de un tirón “Todo lo bueno nace de un salto al vacío.”

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Pulsó aquel punto final con mucha intensidad, casi agujereando el papel. Era una declaración de intenciones. Releyó la frase primero en voz baja y luego volvió a leerla en voz alta, hasta cinco veces.

“Todo lo bueno nace de un salto al vacío.”

                             “Todo lo bueno nace de un salto al vacío.”

                         “Todo lo bueno nace de un salto al vacío.”

“Todo lo bueno nace de un salto al vacío.”

              “Todo lo bueno nace de un salto al vacío.”

Escribió la misma frase “Todo lo bueno nace de un salto al vacío” a lo largo de ese folio de color verde y después escribió otro folio de color azul, y otro blanco, y otro amarillo, y así hasta diez folios de diferentes colores con el mismo lema. Cuando terminó, recortó cada línea escrita y reunió todos los recortes. Sonrió satisfecha. “Un ramillete de saltos al vacío”, se dijo.

Se puso en pie y se situó frente a la ventana. Fuera, la calle estaba muy transitada. Abrió la ventana y se asomó. La habitación estaba en un segundo piso, lo suficientemente alta como para poder tener vistas despejadas a todo el pueblo. Cerró los ojos y respiró profundamente. Extendió el brazo “¿De qué sirve un lema que no puede volar?” dijo, y abrió la mano y los recortes salieron volando por la ventana, cayeron por toda la calle, llenándola de colores. Por unos segundos, aquellos papeles parecieron mariposas.

La gente, sorprendida por la lluvia de papeles de colores, reaccionó de manera diferente. Algunos los leían, sonreían y se lo guardaban en el bolsillo, como quien encuentra una moneda en el suelo; otros, adivinaron que procedían de la ventana del hostal y señalaron a Eli; otros pisaron los papeles sin reparar en ellos y hubo gente que les hizo fotos con su móvil y subieron la foto a Instagram con el hashtag #lluviadecolores #callesconmensaje #instamallorca #saltaalvacío #memolamallorca.

Eli siguió observando divertida la reacción de la gente durante unos minutos. Cerró la ventana y salió de la habitación. Lucía en la cara una sonrisa que invadía sus mejillas. Caminó de nuevo hacia la plaza del pueblo y una vez allí, sacó el móvil de su bolsillo y marcó el número de Alfonso explicándole la lluvia de recortes.

—¿Y cómo te sientes? —preguntó él al terminar de escuchar su relato.

—No sé, llevo una sonrisa en la cara todo el rato. Debo parecer una loca a quien me mire y no sé si es por la copa de vino que me he tomado pero tengo unas ganas enormes de dar saltos y…es como si de pronto me invadiera una sensación muy bonita dentro de mi corazón y me sintiera muy fuerte y confiada. Creo que ha llegado el momento de dejar este trabajo y dejar espacio para que entre algo bueno en mi vida.

—¡Brindo por ti! —dijo Alfonso entusiasmado — ¿Qué hay de malo en hacer lo que te hace sentir bien si no haces daño a nadie con eso?

—¡Exacto!

—¿Y cómo lo has hecho? Me refiero a cómo se te ha ocurrido todo lo de escribirlo y lanzar los papeles por la ventana…

—Digamos que…he recuperado la mirada que tenía cuando era niña y ahora veo las cosas de manera diferente a como las veía ayer. De repente, lanzarme no me parece una locura. De hecho, saltar al vacío me parece lo más sensato que puedo hacer en mi vida.

© Pilar Parets

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3 comentarios sobre “Salto al vacío

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