El buzón de la casa 25

Casa 25

Este buzón de cerámica lo encontré durante un paseo por el pueblo de Bunyola, una mañana invernal de febrero de 2013. Caminando por callejuelas que trepan la pequeña colina sobre la cual está asentado el pueblo, en una calle cuyo nombre no recuerdo, ahí encontré la casa que tiene este original buzón. No pude resistirme a capturarlo con la cámara.

Entonces sucedió que en el jardín de esa casa, ví a una mujer de pelo plateado, barriendo hojas de chopo que habían caído al suelo. Intrigada por la historia de ese buzón, me decidí a preguntarle a aquella mujer.

Me asomé a la verja. La mujer de cabellos blancos, me miró. Tenía unos ojos azules, casi grises. Me sonrió. Nos saludamos con la mano. Ella me  invitó a pasar. Nos presentamos. “Soy Fina” me dijo con voz algo tímida. Era una mujer de cara redonda, con arrugas enmarcando aquellos ojos de invierno y con unas manos delicadas que me llamaron la atención. “Me gustaría saber cómo se les ocurrió poner este buzón aquí, o dónde lo compraron”, me lancé a preguntarle.

Fina me hizo sentar en un banco de piedra que había en el jardín y me explicó con cierta melancolía que ella y su marido, Tomás, habían esperado con paciencia a que llegara la jubilación de ambos para instalarse en la vieja casa que habían heredado de la madre de Tomás.

“Esta casa nos pareció ideal para que transcurriera la última etapa de nuestra vida. La casa era pequeña, de tan solo dos habitaciones. Con el jardín y la chimenea en el salón, ya no necesitábamos más. Un lugar acogedor y que ofrecía tranquilidad, naturaleza a dos pasos y el canto de los pájaros cada mañana”, me contó algo emocionada.

Según me explicó, Tomás y ella casi nunca se separaban. El suyo siempre había sido un amor suficiente. Se conocieron a los diecisiete años, cuando Fina entró a trabajar como dependienta en la tienda de comestibles que regentaba la madre de Tomás. Se declararon su amor al cabo de un mes de conocerse. Y desde entonces trabajaron y vivieron juntos, siempre enamorados.

Tomás aportaba la fuerza, la habilidad en la cocina y la iniciativa; Fina la dulzura, el talento para las plantas y la templanza. Trabajaban y se amaban y aunque los hijos nunca llegaron, no les importó, pues ya se tenían la una al otro.

“Tardamos una semana en instalarnos en la nueva casa. Y además era vieja y necesitaba una limpieza a fondo en todas las estancias, así que Tomás y yo nos distribuimos las tareas. Mientras limpiaba la despensa, Tomás encontró un buzón de cerámica con forma de casa. Debía ser de su madre o vete a saber. Estaba escondido bajo escombros que Dios sabe cuánto tiempo llevaban allí… El buzón estaba limpio, parecía que nunca se había usado. Y para sorprenderme, a Tomás se le ocurrió clavar el buzón en la entrada de la casa y cuando ya lo tuvo listo, me lo enseñó. Yo en aquellos días no estaba muy animada. Nos habíamos mudado a un pueblo nuevo y apenas conocía a nadie. Sé que es normal cuando te mudas a un nuevo sitio, pero me sentía algo tristona y desanimada. Creía que iba a ser difícil encajar con la gente de aquí. Tonterías que piensa una…y por eso reaccioné algo negativa.”

—Este buzón es precioso, pero dime, ¿quién va a escribirnos? —se lamentaba Fina.

—Tal vez en esta nueva casa…No sé, tal vez todo sea distinto aquí —intentaba animarla Tomás.

“Tomás me limpió las lágrimas con sus manos, que olían a cebolla y me abrazó. Después, pasó una semana, pasó otra y de pronto un día, vi que algo asomaba por el buzón. Me acerqué y resultó ser un sobre, ¡una carta! Y que además iba dirigida a mí. Empecé a gritar. Tomás dejó de picar cebolla alarmado y vino a buscarme.”

—¿Qué pasa?, ¿por qué gritas? —preguntaba Tomás desde la cocina.

—¡Tomás!, ¡Tomás!, ¡una carta, con sello!, ¡y es para mí! —gritaba Fina mostrando el sobre.

—¿Una carta? ¿Y de quién es?

—No lo sé. No hay remitente.

—Ábrela, pues —dijo Tomás algo nervioso.

Fina abrió la carta y sacó de su interior un papel de color azul con letras escritas a mano.

—”Bienvenida a este pueblo. Antes de que las golondrinas emprendan su vuelo hacia un hogar más cálido, recibirás otra carta”. ¿Cómo? No entiendo… ¡Y no firma la carta nadie! ¡Un anónimo! —leyó Fina excitada—. ¿Crees que los vecinos se están burlando de nosotros? —preguntó.

—¡En este pueblo nadie se ríe de nadie, mujer! Un admirador anónimo, ya veo… —bromeó Tomás—. Yo no tengo tanta suerte con mis admiradoras. Pues ala, a esperar otra carta.

“Cinco días más tarde, cuando yo ya creía que aquello había sido una chiquillada, apareció otra carta en el buzón.”

— “Cuando escuches a la lechuza cantar en la noche, sal al jardín y y pide un deseo a la luna. Te será concedido”, ¿has oído bien, Tomás? ¡Qué intrigada me tiene todo esto!

—A mí también, Fina. Me preguntó quién será…

Casa 25 sobres

“Cada diez días, recibía una carta. Siempre sin remitente y con no más de dos o tres líneas. En las cartas, el remitente se preocupaba de darme consejos que animaban; o que me piropeaban por lo bonita que me había despertado o vestido aquel día; o felicitándome por lo bien que había cocinado una tortilla o podado la planta de lavanda. Pronto acumulé muchas cartas y comencé a guardarlas en una caja de madera. Guardaba todas las cartas y las releía cada domingo por la tarde, sentada en este banco de piedra. Desde que recibí la primera carta, me sentí más animada y risueña, menos preocupada por su lenta adaptación en el pueblo o por los amigos que me costaría hacer. Fue un antes y un después.”

—¿Y nunca supo quién se las enviaba?, ¿lo averiguó? —interrumpí a Fina.

—¡Ay, niña!, no necesitaba averiguar nada —respondió cerrando los ojos y sonriendo—. Supe desde el primer día que quien me enviaba las cartas era Tomás, pero nunca se lo dije porque no quería romper la magia y egoístamente, era una manera de seguir recopilando más cartas suyas. Me escribió hasta que su cabecita le dejó. Luego ya con el Alzheimer tuvo que dejar de hacerlo. En uno de los últimos días de lucidez que tuvo, me confesó que él me enviaba las cartas y yo le dije que ya lo sabía. Nos reímos mucho. Ahora me alegro de haberlo hecho porque desde que Tomás se fue, hace seis años, las tardes en las que me siento terriblemente sola, abro la caja y releo las líneas que él me escribió y enseguida recuerdo su voz, sus manos, sus ojos…Y me río un poco y se me pasa la pena rápido. Fíjate que hace un par de años, encontré una caja de zapatos escondida en el garaje. En esa caja Tomás escondía los sobres, los sellos y los folios para escribirme las cartas. Tomás me amó siempre y siempre lo supe —dijo Fina, secándose las lágrimas y sonriendo.

—Vaya, qué historia más bonita… —respondí. Estaba tan emocionada que no podía contener las lágrimas pero la emoción me contenía las palabras.

No pude decir nada más. Escuchándola, hasta se me había olvidado lo que me había llevado a pasear por aquel pueblo aquella mañana de febrero. Tan solo se me ocurrió abrazarla.

Me despedí de Fina con una mezcla de sentimientos agridulce. Acababa de escuchar una historia de amor preciosa y al mismo tiempo, viendo a Fina añorando tanto a Tomás, me sentía algo triste. El amor de Tomás construyó un refugio para la soledad y la tristeza de Fina con todas aquellas cartas, con aquellas palabras cargadas de humor y cariño.

Y aún hay quien cree que ya no sirve de nada escribir cartas de amor…

*Esta historia es ficticia y es mi homenaje a ese buzón que encontré en Bunyola. Me he inspirado en mis abuelos maternos, Aina y Miquel que siempre se profesaron un amor tan respetuoso, leal, puro y de  “hasta que la muerte nos separe”, que ni la dura enfermedad de Alzheimer que padeció mi abuela pudo separarlos ni tampoco su muerte. Vivieron y murieron amándose y sabiéndose amados por el otro. 

Ahora esta historia os pertenece, lectores. Todos podemos ser Fina y necesitar unas palabras que nos devuelvan la ilusión, y todos podemos ser Tomás y regalar ilusión con nuestras palabras.

©Pilar Parets

**Si vas a reproducir este relato (parcial o completo), ten en cuenta esto:

  • El texto (al igual que todo lo que aquí publico) está registrado con mi nombre en Safe Creative. Con su ISBN y todo eso…Así que igual no te vale la pena copiarlo si vas a meterte en líos, ¿no?
  • Sí, las fotos también son mías. 
  • Pídeme permiso. Tal vez te llevarás un sí. 
  • Informa de dónde procede. Me encanta que me referencien 😉
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