Nocturno para golondrina

Nocturno para una golondrina

El sol se escondía ya tras un resplandor crepuscular cuando Ainara abrió apresuradamente la puerta del edificio, escapando del despiadado frío que se extendía fuera, en la calle.

Había sido una jornada dura en la oficina y, para colmo, el ascensor estropeado unos días atrás la obligaba a subir las escaleras hasta su casa, en la quinta planta. La escasa iluminación hizo que el encuentro con su vecina del cuarto fuese lo más parecido a una aparición espectral. “Ha vuelto a dejarse la radio de su casa encendida. ¡Menudo  escándalo de música!”, se quejó la anciana a la joven. “Vive sola y ser tan imprudente le pasará factura”, añadió la mujer. Ainara no recordaba haber encendido la radio antes de salir de casa aquella mañana. Aunque extrañada, se apresuró en disculparse y continuó subiendo peldaños.

Cuando llegó al rellano, algo llamó su atención. Una rosa de un intenso color rojo la esperaba sobre el felpudo de su puerta. Sorprendida, se agachó y la cogió cuidadosamente. Apreció la suavidad de los pétalos, parecidos al terciopelo. Se sintió feliz al pensar que alguien se había acordado de ella a unas horas de su cuarenta y tres cumpleaños.

El cansancio acumulado tras subir los ochenta peldaños se esfumó con el soplo de paz que le proporcionó hallarse ya en su casa. Efectivamente, la radio estaba encendida y sonaba una pieza de música clásica. Le gustó llegar a casa envuelta de una melodía interpretada por violines. La vuelta a casa estaba resultando diferente a la de cada día.

Encendió la pequeña lámpara del salón junto a la ventana y dejó la rosa sobre la mesa. Seguramente se tratase de un detalle enviado por su madre. Aunque su madre jamás olvidaba añadir una nota a los regalos y seguía sin poder explicarse cómo había podido dejarse la radio encendida. Se acercó a la ventana. Fuera, empezaba a nevar. Había hecho bien en regresar pronto a casa, pensó.

El sonido de los violines se confundió con el timbre del teléfono.

—¿Diga?

Nadie respondió al otro lado.

—¿Diga?, ¿hola?, ¿hay alguien ahí? –volvió a preguntar.

Ainara siguió sin oír nada y colgó. No soportaba ese tipo de llamadas que venían produciéndose desde hacía unos días cada vez que ella regresaba a casa después del trabajo. Después de cada llamada anónima, Ainara experimentaba un recelo parecido al de un animal que se siente vigilado por un cazador oculto. Si de algo estaba segura era que al otro lado del auricular, alguien la escuchaba y disfrutaba de llevarla hasta la exasperación.

La advertencia de la vecina y la llamada anónima sembraron un recelo que, poco a poco, fue trepando por sus pensamientos hasta convertirse en un temor real. Dispuesta a distraerse de las sospechas, volvió junto a la mesa y acarició los pétalos de la rosa. La melodía de los violines se volvió confusa. Su casa y la rosa ya no le parecían tranquilizadoras sino extrañas e incluso siniestras.

—No deberías dejar la jaula abierta, pajarito –dijo una voz masculina detrás de ella, muy cerca.

Ainara no se atrevió a moverse. A punto de desmayarse de terror, sus manos apretaron con fuerza la rosa. El miedo actuó como paliativo y ni siquiera sintió las espinas clavándose en su piel hasta sangrar. Sus ojos vieron entonces un sombrero, un borsalino negro que descansaba en el sillón.

Los violines habían dejado de sonar y Ainara comprendió todo. Él había estado allí todo el tiempo, agazapado como un cazador que espera el momento oportuno para atacar a su presa, y ella no lo había descubierto hasta ahora. Cuando las manos de aquella voz rodeaban su cuello y ya era demasiado tarde para gritar.

©Todos los derechos reservados.

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*Participé con este relato para Literautas en el que teníamos que construir una historia que incluyera las palabras: jaula, sombrero y teléfono.

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