La guerra no tiene rostro de mujer – Svetlana Alexiévich

 

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La guerra no tiene rostro de mujer | Svetlana Alexiévich | Edit. Debate |368 pgs | Traduc. de Y. Dobrovolskaia y Z. García González. 

 

“No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra.”


Sinopsis

Casi un millón de mujeres combatió en las filas del Ejército Rojo durante la segunda guerra mundial, pero su historia nunca ha sido contada. Este libro reúne los recuerdos de cientos de ellas, mujeres que fueron francotiradoras, condujeron tanques o trabajaron en hospitales de campaña. Su historia no es una historia de la guerra, ni de los combates, es la historia de hombres y mujeres en guerra. ¿Qué les ocurrió? ¿Cómo les transformó? ¿De qué tenían miedo? ¿Cómo era aprender a matar? Estas mujeres, la mayoría por primera vez en sus vidas, cuentan la parte no heroica de la guerra, a menudo ausente de los relatos de los veteranos. Hablan de la suciedad y del frío, del hambre y de la violencia sexual, de la angustia y de la sombra omnipresente de la muerte.


Autora

Svetlana Alexiévich (1948)

Escritora y periodista bielorrusa de lengua rusa, galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 2015. 

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Su obra es una crónica personal de la historia de los hombres y mujeres soviéticos y postsoviéticos, a los que entrevistó para sus narraciones durante los momentos más dramáticos de la historia de su país, como por ejemplo la II Guerra Mundial, la Guerra de Afganistán, la caída de la Unión Soviética y el accidente de Chernóbil. Enfrentada al régimen autoritario y la censura del presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, abandonó Bielorrusia en el año 2000 y estuvo viviendo en París, Gotenburgo y Berlín. En 2011 Aleksiévich volvió a Minsk. Varios libros suyos fueron publicados en Europa, Estados Unidos, China, Vietnam e India y recibió el premio Nobel de 2015 siendo la primera escritora de no ficción con este premio en un siglo.

Algunas de sus obras: La guerra no tiene rostro de mujer (1985); Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial (1985); Los muchachos de zinc. Voces soviéticas de la Guerra de Afganistán (1991); Voces de Chernóbil. Crónica del futuro (1997); El fin del Homo sovieticus (2013)

 

 

 

Mujeres soldado del Ejército Rojo. Imágenes tomadas de internet.


Mis impresiones

“[…] la guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo hay seres humanos involucrados en una tarea inhumana” (p. 14)

La lectura de este libro no es fácil. Tampoco lo fue escribirlo. Solía decirse que la Historia la escribían los vencedores; pero tal y como reza el título, para muchos la guerra no tiene rostro de mujer. La escritora y periodista bielorrusa esculpe la mitad de la Historia que ha sido silenciada: la de las mujeres que participaron en la Segunda Guerra Mundial. No podemos ponerles rostro, pero les da voz, les cede la palabra y ellas la toman con el mismo coraje con el que lucharon en la guerra.

La presencia de la mujer en la guerra siempre ha existido, como bien nos recuerda el inicio del libro, desde las romanas hasta las espartanas, griegas, las milicianas, las revolucionarias francesas; y cómo no citar a las españolas que lucharon en la Guerra Civil… Pero ¿por qué apenas se habla de ellas? Muchas de las voces que leemos en esta libro fueron condecoradas con las máximas distinciones e incluso contaban con el apoyo, admiración y respeto de sus compañeros masculinos; pero cuando la guerra terminó y llegó la paz, también llegó el olvido. ¿Por qué la Historia, el sistema, la sociedad, las fue borrando?

“Todo lo que sabemos de la guerra, lo sabemos por la “voz masculina”. Todos somos prisioneros de las percepciones y sensaciones “masculinas”. De las palabras “masculinas”. Las mujeres mientras tanto guardan silencio. Es cierto, nadie le ha preguntado nada a mi abuela excepto yo. Ni a mi madre. Guardan silencio incluso las que estuvieron en la guerra. Y si de pronto se ponen a recordar, no relatan la guerra “femenina”, sino la “masculina”. Se adaptan al canon. Tan solo en casa, después de verter algunas lágrimas en compañía de sus amigas de armas, las mujeres comienzan a hablar de su guerra, de una guerra que yo desconozco. De una guerra desconocida para todos nosotros.”

La novela se inicia con una reflexión de la propia Alexiévich en el que nos relata cómo fue encontrando el sentido del libro que quería escribir, su fase de documentación, cómo fue localizando a esas mujeres y cómo le fueron llegando listados de más mujeres que querían hablar; las entrevistas en la mesa y tomando un té; los obstáculos del censor; su propia autocensura; sus conclusiones…

Cuarenta años después del fin de la guerra, Alexiévich recorre la URSS, visita granjas, asilos, casas y se entrevista con todas esas mujeres. Un acierto de la autora es el de poner la lupa en las historias “pequeñas” porque lo que le interesa es la anécdota, el detalle, es decir, lo que las humaniza: el flequillo que queda cuando te cortan el pelo; los cambios físicos; la suciedad; no poder volver a vestir ninguna prenda de color rojo; pelo encanecido tras la guerra; historias de amor rotas por la muerte; historias de amor que nacieron en el campo de batalla y aún perduran; los cantos de algunas enfermeras durante la noche; cómo se sienten tras matar por primera vez; las que usan piñas para hacerse bigudíes en el pelo; etc. No es tan solo la voz de las mujeres, sino una historia de personas.

“En el centro siempre está la insufrible idea de la muerte, nadie quiere morir. Y aún más insoportable es tener que matar, porque la mujer da la vida. La regala. La lleva dentro durante un largo tiempo, la cuida. He comprendido que para una mujer matar es mucho más difícil.”

“No teníamos tiempo para lavarnos el pelo, les pedí: “Chicas, cortadme las trenzas…” (operadora de teléfonos)

“Yo estudiaba en la escuela superior de teatro. Soñaba con ser actriz. Mi ídolo era Larisa Reisner. Esa mujer con chaqueta de cuero que era comisario de Estado…Me gustaba que fuese guapa…” (sargento, francotiradora)

“No puedo… No quiero recordar. Pasé tres años en la guerra… Y durante esos tres años no me sentí mujer. Mi organismo quedó muerto. No tuve menstruaciones, casi no sentía los deseos de una mujer. Yo era guapa…”

Las entrevistas se realizaron entre 1980 y 1982. Para sorpresa de Svetlana, la mayoría de las mujeres querían hablar. El Estado, la sociedad, sus familias, la censura, las habían silenciado. La mayoría de ellas se habían alistado en el Ejército Rojo procedentes del Komsomol (organización juvenil del Partido Comunista) a los 15 o 16 años. Creían defender unos ideales, querían defender una patria, escaparon incluso de sus familias y otras fueron obligadas a ir a luchar. Alexiévich escucha a lavanderas, francotiradoras, enfermeras, panaderas, conductoras, maquinistas, partisanas, médicas, pilotos… No solo Svetlana se toma un té con ellas. El lector también lo hace. Algunas de las vivencias que comparten no las han explicado nunca a nadie. Hablan de qué las impulsó a alistarse en el ejército, del miedo, de los ideales que las movieron, de cómo todo el sistema se organizó para “venderles” la idea de que luchar por la patria era lo correcto; hablan de cómo era su día a día, de lo que dejaron atrás, de lo que vieron sus ojos, de lo que escucharon y también hablan del después. La idea de que después de la guerra la vida sería mejor las mantuvo vivas durante el combate; pero cuando la guerra terminó, ya nada era igual. Ni las tierras que encontraron, ni con quienes volvieron a reencontrarse y mucho menos la sociedad por la que habían luchado y por la que habían visto morir a tantos y tantos compañeros y compañeras. Ni siquiera ellas mismas.

“Los ruiseñores aparecieron al tercer año. ¿Dónde habían estado? A saber. volvieron pasados tres años. La gente reconstruyó sus casas, entonces regresaron los ruiseñores…”

Cuando Alexiévich decidió publicar el libro se encontró con la censura. Los censores le reprocharon que mancillara a la Patria, a la Gran Victoria (el libro da muestra de las conversaciones de Alexiévich con sus censores). Con la llegada de la Perestroika,  Alexiévich logró publicar su libro y fue todo un éxito. Alexiévich  lo reescribió en 2002 para introducir los fragmentos tachados por la censura y material que no se había atrevido a usar en la primera versión.

“Puedo recordar más y más. Sin parar…Pero ¿qué es lo más importante? […] En la guerra, el alma del ser humano envejece. Después de la guerra jamás volví a ser joven. Eso es lo más importante. Es lo que opino…”

Algo que el lector puede percibir en sus relatos es la veracidad de lo que narran y también que esas mujeres necesitan compartirlo, explicarlo, sacarlo de su interior.


Svetlana nos sirve todo esto en una prosa limpia y fácil de digerir y que hace de puente para que empaticemos con las protagonistas. Ojo, no se trata de que “hagamos buenos” a los soldados del Ejército Rojo, se trata de comprender qué pudo llevar a cerca de un millon de jóvenes a participar en una guerra y cuál fue su experiencia. Es difícil hallar belleza en este libro. Es duro, es cruel, es violento e inhumano; y sin embargo cada testimonio te regala algo. Una sensación, una reflexión, un aprendizaje. Leerlo es un acto de justicia con la Historia, con las mujeres y las víctimas de cualquier guerra. 

“Además he recibido otra larga lista de nombres y teléfonos: “Estarán encantadas de hablar contigo. Te estarán esperando. A ver si me explico: recordar asusta, pero no recordar es aún más terrible”.

Ahora entiendo por qué a pesar de todo ellas eligen hablar…”

 

 

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