Kallocaína – Karin Boye

Antes no disponíamos de ningún método para ellos —objeté—. La kallocaína nos ofrece la posibilidad de controlar lo que se mueve en las mentes. (p. 124)

Si has leído 1984 o Un mundo feliz, te gustará saber que diez años antes de la publicación de ambas obras una poetisa y novelista sueca escribió una de las primeras novelas distópicas. Si has leído Los juegos del hambre, también te puede interesar esta novela. Eso sí, te diré que en lugar de seguir los pasos de una persona crítica para el régimen o de una adolescente que lidera una revolución, la historia se cuenta a través de la perspectiva de un ciudadano más. El protagonista y narrador, Leo Kall, bien podría ser el villano de cualquier otra novela distópica, pero al final es solo un producto de la sociedad en la que vive. Y eso es lo que plantea la autora, entre otras muchas cosas: que los humanos en un contexto monstruoso podemos alcanzar cotas de inhumanidad. Y en nuestra Historia como sociedad tenemos claros ejemplos: holocausto nazi, campos de concentración en países en guerra, cómo están los refugiados en los países que los acogen (hacinados y en tierra de nadie, sin que nadie quiera ocuparse…).

Leí la novela en 2015, cuando mi pareja la trajo a casa. La sinopsis me pareció la mar de interesante, sobre todo, saber que fue escrita y publicada anterior a 1984, obra por la que siento una especial predilección y debilidad. No ha sido hasta seis años después que me he animado a reseñarla pues en ese momento, pensé que no sería capaz de poder escribir una opinión a su altura. Pero antes de empezar a hablar de Kallocaína, me gustaría hacer una pequeña introducción a la figura de Karin Boye, su autora.

KARIN BOYE

Karin Boye nació con el siglo XX en Gotemburgo (Suecia). Europa despertaba en el nuevo siglo y también lo hacían la electricidad, cambios sociales, políticos, etc. En ese ambiente de cambios y avances, fue forjándose el alma sensible y artística de Karin. Se dedicó a la literatura desde los diez años de edad y antes de cumplir los quince obtuvo el primer premio en un concurso literario. Su primer flechazo literario fue con James Joyce y quedó tan prendada de su prosa, que la tradujo al sueco. Su interés literario creció a partir de los 21 años, cuando hizo estudios de griego, idiomas nórdicos e historia de la literatura en la universidad de Uppsala. Al año siguiente publicó su primer libro de poemas, Moln (Nubes) en el cual puso al descubierto un estilo personalísimo: decir cosas enormes con palabras sencillas. Karin destacó, sobre todo, en la poesía donde es considerada como una alta representante de la moderna poesía sueca y de la que son testimonio Por supuesto que duele y En movimiento de su colección Los hornos (1927) y Por el árbol (1935).

Junto a Erik Mesterton y Josef Riwkin fundó la revista Spektrum en 1931 con la que introducen a T. S. Eliot y a los surrealistas en Suecia. En cuanto a novelas, Boye escribió Crisis, donde muestra su crisis religiosa y su lesbianismo; El despertar de los méritos y Muy poco donde explora el juego de roles masculino y femenino. Sin embargo, fuera de Suecia, su obra más conocida es la novela Kallocaína (1939).

Boye vivió la mayoría de su tiempo en la tierra lamentándose del escaso reconocimiento que recibía por su escritura. Pero sobre todo, Boye fue una mujer sensible a los cambios que sucedían en su entorno, políticamente comprometida y que vivía una lucha interior entre su bisexualidad y sus creencias religiosas. De hecho, en 1932, después de separarse de su esposo, tuvo una relación con Gunnel Bergström, quien dejó a su esposo, el escritor y poeta Gunnar Ekelöf, por Boye. Por eso, al poco de que los nazis conquistaran Grecia y terriblemente afectada por el avance del Tercer Reich en Europa, Boye se suicidó tomando somníferos después de abandonar su casa el 23 de abril de 1941. Según los informes policiales de los Archivos Regionales de Gotemburgo, su cuerpo fue encontrado yaciendo en una roca, en una montaña con vista hacia Alingsås. En el lugar existe hoy un monumento conmemorativo.

MIS IMPRESIONES

Después de leer Kallocaína una no puede más que admirarse ante la lucidez de Karin Boye por plasmar los peligros de los estados totalitarios y la pérdida de la humanidad, pues de eso va Kallocaína: de que la responsabilidad de un mundo inhumano es responsabilidad precisamente de personas como tú o como yo, que simplemente se encuentran en un contexto monstruoso. La contraportada de la edición de Gallo Nero dice así «Inspirada en el apogeo del nacional-socialismo en Alemania, es un retrato de una sociedad antiutópica» y el lector puede pensar «Ah, pues igual que hicieron Orwell, Huxley…». Pero su perspectiva es mucho más original, dándole una vuelta de tuerca al viaje interior de su protagonista.

La novela está narrada por el protagonista, Leo Kall, científico que inventa la kallocaína, una especie de suero de la verdad. Kall vive en un Estado del Mundo donde las libertades han sido suprimidas por una autoridad tan difusa que no hace referencia a ningún líder supremo. Sin embargo, ese Estado ha instaurado el miedo, la muerte y el silencio por todos los rincones. «Hablar no podíamos, naturalmente, a causa de las prácticas de la flota aérea, que, día y noche, impedían que se mantuviese cualquier conversación fuera de casa» (p. 20) Todos se vigilan. Todos se temen. Todos desconfían de todos. Hay incertidumbre y paranoia en el trabajo, en el parque y en la alcoba, pues tu pareja puede denunciarte si piensas diferente.

«Siempre supe que se controlaba hasta la perfección. Y siempre supe que si un día nos veíamos abocados a lo más duro y extremo, a una lucha a vida o muerte, Linda sería el más terrible de los adversarios. […] En mi amor vivía también aquel gran temor, yo lo sabía y llevaba mucho tiempo sabiéndolo.»

páginas 172-173

¿Cuál es el punto de partida? Leo Kall, un hombre con fe ciega en el Estado que, fruto de su labor investigadora, descubre una sustancia capaz de inhibir la voluntad de las personas y que provoca que quien la tome, exprese todos sus pensamientos, logrando así aportar al Estado una herramienta fundamental para identificar a aquellos sujetos que se podrían considerar como subversivos para su orden establecido. Desde el principio, Leo Kall excusa todo lo que hace su estado totalitario, creyendo que es lo mejor para todos. El hecho de que Leo crea sinceramente que esta distopía es una utopía ofrece una perspectiva interesante para el lector. Pero lo que lo hace aún más interesante son los sentimientos y pensamientos ocultos de Leo que intenta negar. Sin embargo, en su entorno no todo el mundo piensa que deba someterse al Estado. Por eso, a medida que vayamos avanzando en la historia iremos descubriendo y ampliando información sobre su mujer, Linda; su supervisor, Rissen, o el jefe de la Policía Karrek. Boye nos llevará hasta el punto de llegar a definir un mapa de posiciones morales muy diverso y plantear la existencia de un “yo público” (quién soy a ojos a del Estado) y un “yo privado” (quién soy en mi conciencia).

«Soy un ser al que han arrebatado la vida… Y, aun así, en estos momentos sé que es no es verdad. […] Pero estoy vivo, a pesar de todo lo que me han arrebatado; y en estos momentos sé que lo que yo soy va a alguna parte. […] Sí, sí, ya sé que es el efecto de la kallocaína, pero ¿no podría ser verdad de todos modos?»

páginas 202-203

A lo largo de poco más de 200 páginas, el personaje de Leo Kall evoluciona poco a poco desde un ser casi “robótico”, sin emociones hacia las personas/cobayas con las que experimenta hacia una plena empatía y una consciencia de su individualidad y de su libertad (lo que nos recordará a Winston en 1984) y que, por supuesto, terminará por ganarse nuestro corazón. En esta evolución juega un papel destacado, por supuesto, su descubrimiento: la kallocaína. «Por aquella época yo no reflexionaba mucho acerca de mí mismo, de lo que pensaba y sentía o de lo que pensaban y sentían los demás, en la medida que no tenía la menor relevancia pragmática para mí» (p. 22)

Debilidades de la obra que me gustaría compartir

El ritmo de la narración es lento, bastante lento, sobre todo al principio, y ahí es donde puedo verle cierta dificultad para entrar en la historia. Por un lado, Boye se toma su tiempo para presentarnos a Kall y a situarnos en el Estado y su orden socio-político y, por otro lado, cuesta simpatizar con Kall, incluso puede resultar poco interesante seguir su pista. Normalmente, estamos acostumbrados a leer distopías desde la perspectiva de alguien parecido a nosotros. Y en este caso, sucede lo contrario, el relato empieza con el desafío de ver a través de los ojos de alguien a quien normalmente situaríamos en el lado opuesto a nosotros en la distopía típica. También es justo que incluya en mis impresiones el final tan precipitado que no encaja con el ritmo del resto de novela. Aun así, no desmerece la historia.

No desvelaré nada más. Creo que la perspectiva de Boye es fresca y diferente a las demás y por eso considero que bien merece la pena darle una oportunidad. Eso sí, con calma y paciencia.

Kallocaína, Karin Boye. Ed. Gallo Nero

Como dato reseñable:

En 2013, Carmen Montes recibió el Premio Nacional de Traducción por su traducción al español de la novela.